Entrevista a Hna. Virginia Vargas, religiosa del Hogar en La Serena – Fundación Las Rosas

Entrevista a Hna. Virginia Vargas, religiosa del Hogar en La Serena

Hna. Virginia Vargas y su ministerio para dignificar a los ancianos en Chile

POR CATALINA CEPPARRO / GLOBAL SISTER REPORT  / VER NOTA WEB

El envejecimiento poblacional a nivel mundial trae, entre algunas consecuencias, la soledad y el incremento de la edad promedio de personas mayores en situación de calle, y aunque no todas ellas requieren cuidados, el aumento de esta población representa hoy un reto en materia de cuidados. En ese contexto, Chile es uno de los países con una de las tasas más aceleradas de envejecimiento de su población en la región latinoamericana, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CELAC). Para 2050, los mayores representarán un 32%.

Por otro lado, en Chile y a la fecha, el 43% de las personas que se encuentran en situación de calle son mayores de 50 años. (Algunas de las causas más comunes para estos escenarios son problemas con la familia, muerte de seres queridos, problemas económicos y de salud, especialmente de la mental).

Todas las personas tenemos dignidad desde que nacemos hasta que morimos, y una parte de cuidar esa dignidad y respetarla es no ser indiferente ante la persona que lo necesita”, dijo la Hna. Virginia Vargas, de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los pobres de México, quien trabaja con adultos mayores.

“El trabajo con ancianos me ha servido mucho para vivir (…) y saber que uno nunca es autosuficiente, sino que siempre se necesita ayuda de los demás” Hna. Virginia Vargas

Hace 8 años que Vargas vive en La Serena, conocida como la cuarta región al norte de Chile, donde habita junto con otras cuatro hermanas de la congregación en el hogar de ancianos La Visitación de María.

Creo que los ancianos lo requieren aún más que los niños, porque un niño, si se le deja solo, puede que por ejemplo, aprenda a caminar; pero un adulto mayor a veces necesita un poco más de atención”, dijo la hermana de 30 años y agregó: “Como dice el papa Francisco, debemos quitar la idea de que quien no sirve, porque no hace nada, es de descarte, y quitar esa indiferencia hacia las personas mayores, porque [realmente] nos aportan a nivel cultural y social; y de ellos también aprendemos cuando nos comparten sus experiencias”.

Este hogar abrió hace 14 años y forma parte de los 30 centros que la Fundación Las Rosas tiene a lo largo de todo el país, donde se alojan unos 90 adultos mayores de 60 años carentes de recursos o familiares, o a quienes sus familias abandonaron (Nota FLR: *son 28 Hogares a los largo del país, que albergan 2.200 personas mayores).

Vargas, quien nació en la ciudad de Puebla, cuidó a las hermanas mayores de la casa central de la congregación en México por dos años antes de llevar a cabo el servicio en Chile en 2015.

Muchas veces en las mañanas cuando hacemos la oración con ellos, recordamos esta frase de la congregación que indica: ‘El hogar es la antesala del Cielo’”, dijo Vargas. “Esto también lo es para nosotros [quienes trabajamos en el hogar], porque prestar un servicio y hacerlo con amor y cariño, como nos gustaría que nos traten, es una forma de devolver pequeños servicios. A partir de la escucha y el cariño que damos a los abuelitos, ellos son también nuestra antesala al Cielo”, añadió.

¿Cómo llegan los abuelos a La Visitación de María?

Generalmente se trata de personas que viven en la pobreza. A partir de un convenio con Fonasa, el organismo estatal deriva a la fundación a los adultos que no tienen posibilidad de ser atendidos en sus casas y, de acuerdo con su locación, se les ubica en los centros más cercanos. También solemos recibir a personas que los hospitales públicos nos derivan cuando, luego de recibir tratamientos médicos, ningún familiar los reclama.

Por otro lado, hay otros adultos que deciden internarse en el hogar de forma voluntaria, sea por falta de recursos o porque sus familiares deciden internarlos por [mostrar] demencias avanzadas. A los abuelos que son ‘autovalentes’, es decir, que se pueden manejar de forma autónoma, se les suele ubicar en una sección especial y pueden salir de los hogares para ir a la plaza o a hacer compras, siempre con acompañantes.

¿Qué trabajos realizan las hermanas en el hogar?

Nuestro día comienza a las 8 a.m., cuando junto con las otras tres hermanas nos repartimos los pasillos con los cuales trabajaremos. Cada hogar se encuentra dividido por pasillos: la primera separación es entre hombres y mujeres; al final del hogar se ubican las personas autovalentes que pueden caminar hacia sus espacios; en el centro se alojan las personas en sillas de ruedas, pero que pueden realizar actividades de forma autónoma, como comer por sí solos; y por último se encuentran los postrados, que son quienes precisan de mayor atención.

Nosotras procuramos brindar apoyo en todas las comidas, ya que estamos encargadas de la cocina, donde buscamos hacer rendir todos los recursos con los que contamos. A pesar de que la fundación sustenta a los hogares con la pensión de cada abuelito, hay varios de ellos que provienen de situación de calle, por lo que cada hogar debe buscar diferentes formas de sustento [y eso]  nos lleva a pedir donaciones en los mercados de verduras y a organizar colectas.

Todas las personas tenemos dignidad desde que nacemos hasta que morimos, y una parte de cuidar esa dignidad (…) es no ser indiferente ante la persona que lo necesita” Hna. Virginia Vargas

¿Qué puede contar sobre su experiencia en este país y con personas mayores?

Una situación que me llama la atención desde mi llegada es la cantidad de adultos mayores y de hogares para ellos en Chile, situación que no se ve en México. Desde que hice mis votos disfruto de trabajar con adultos mayores, porque a diferencia de los niños, que uno puede ver cómo crecen, o con personas con problemas de adicción, cuya recuperación se puede apreciar, con los ancianos eso no sucede, sino que siempre van en decadencia. Es por ello que mi motivación deviene de la misión de ganar almas, acompañarlas, para que puedan llegar al Cielo.

Por otro lado, el desafío que tenemos al tratar con ancianos es el aprender a vivir día a día, o como decimos: un paso a la vez. Uno no puede saber cómo va a estar ese día el residente, el personal o uno mismo. Los abuelos pueden estar muy bien un día, y al otro, en la enfermería, y quizás por la tarde fallecen.

En nuestra misión como religiosas, la primera meta es hacer lo posible para que conozcan a Dios y estar presentes cuando más necesitan de nosotras; [además de] administrarles los sacramentos para que ellos puedan recibir la unción de los enfermos o tener  su misa una vez que fallecen. Buscamos acercarnos a ellos y darles a conocer a Dios y [también darlo a conocer] al mismo personal del hogar, que es el que más contacto tiene con ellos, para que [les den] un buen trato.

La pobreza más grande para una persona es no tener a su familia, y en muchas ocasiones nosotras nos convertimos en los familiares de ellos; porque a muchos, los suyos los terminan relegando. Cuesta pensar que luego de haber entregado toda su vida a sus familias, muchos terminen abandonados.

¿Qué habilidades tuvo que desarrollar para aprender a trabajar con ellos?

Aprendí a dialogar con ellos, que es algo muy importante, y a no tratarlos como niños. A los mayores se les suele infantilizar, [pero se olvida que] ellos antes fueron profesionales, o jefes de familias. Hay que ponerse en su lugar y hablarles sobre su historia para que recuerden, [para] aportarles más vida y también [para devolverles] el ánimo. Es bueno también [considerar] que uno es parte de esa historia que ellos continúan teniendo.

Recuerdo una hermanita que atendí en México, que era muy solitaria y decía que no quería estar con nadie porque ella siempre había sido así. Y yo llegaba todos los días y la abrazaba, le hacía una broma o le cantaba, y de a poco cambiaba su humor. Ella falleció hace 4 años, a los 102.

¿Qué reflexión nos puede compartir acerca de cómo el trabajar con adultos mayores impactó en su vida?

De los abuelos aprendí muchísimo: la humildad cuando se dejan ayudar, cuando solo les queda confiar. Se requiere de verdadera humildad para dejar que alguien te ayude a alimentarte, asearte, o que te lleven a alguna parte. Muchos, por su demencia, piensan que aún pueden hacer las cosas, pero luego acaban por aceptar la ayuda.

El trabajo con ancianos me ha servido mucho para vivir, [desarrollar una mayor] humildad y saber que uno nunca es autosuficiente, sino que siempre se necesita ayuda de los demás, y [que debemos] saber pedirla: saber pedir consejos, saber escuchar, porque los adultos siempre quieren ser escuchados.

También [me ha servido para] no quejarme tanto. Las hermanas son las primeras en llegar a la capilla a las 5 de la mañana, porque consideran que si uno descuida eso, la vida religiosa va decayendo, e impresiona [ver] cómo una hermana de 100 años te pide que la levantes a las 4 a.m. para asistir a la oración del día.

Lo que buscamos al trabajar con [los ancianos] es transformar el dolor o el rencor en redención, en alegría; por ello, organizamos fiestas y bailes. Estos hogares son la antesala del Cielo.

 

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